viernes, 24 de julio de 2009

Este no es mi sitio (1ª parte) [Relato Warhammer Fantasy]

ESTE NO ES MI SITIO... (1ª parte)

Hacia un calor asfixiante, odiaba el desierto, llevaba tanto tiempo tragando arena que le sorprendía tener hambre. Ni siquiera sabía que hacía aquí, en un lugar perdido de las arenas de Arabia. Las Cruzadas estaban a punto de acabar, el Sultán Jaffar se había batido en retirada tras ser derrotado una y otra vez en las tierras estalianas, y ahora corría como un conejo tratando de salvar el pellejo, los caballeros cruzados habían ido allí, a Arabia, a destruir su imperio por completo. Eso lo sabía hasta el más idiota, habían sido años de guerras, valerosas guerras, o eso decían los caballeros bretonianos y las Órdenes de Caballería imperiales que se habían empeñado a tal empresa. Pero para él ninguna guerra era valerosa. No importaba, no estaba allí para destruir al pérfido Sultán, él sólo cumplía órdenes. Cumplía órdenes cuando partió junto con buena parte de la flota de Nordland para enfrentarse a los piratas de Sartosa, que estaban “importunando” la retaguardia de los cruzados. Cumplía órdenes cuando un capitán de mirada enfebrecida eligió el barco donde servía para que lo llevara a las costas de Arabia, varias embarcaciones se les unieron, unas de su provincia y otras provenientes de Reikland. Cumplía órdenes cuando le hicieron desembarcar junto con cientos de soldados, para ver al poco tiempo como los navíos se alejaban a toda prisa. Cumplía órdenes cuando se estableció un perímetro mientras varios regimientos se encargaban de levantar un improvisado campamento. Cumplía órdenes cuando dos días después fueron atacados y se les obligó a perseguir a los que huían.... a su regreso ni había Capitán ni había campamento... no había órdenes.

Sin órdenes los sargentos peleaban entre ellos por tratar de hacer “lo correcto”. Nadie sabía a qué habían venido, sólo el Capitán que poco podía ya contarles...




Hacía un calor asfixiante... habían decidido dividir las fuerzas, la mitad del ejército quedaría en la costa a la espera de las embarcaciones, y la otra mitad partiría para buscar alguna población cercana. Por supuesto a los soldados no se les dio a elegir, los regimientos mejor pertrechados ganaron literalmente el poder permanecer cerca del mar. Él era nordlandés, su provincia tenía poca cantidad de tropas, y apenas podía permitirse equiparlas.... a los regimientos de su provincia les “tocó” partir. Que ironía, eran los mejores marinos, llevaban siglos navegando, enfrentándose contra los piratas norses... y ahora “navegaban” en arena hasta las orejas.

Por fin estaba decidido a quitarse la camisa, ya no le importaban las quemaduras. Soltó la alabarda y empezó a desabrocharse la prenda. Bajó la mirada, por él dejaría hasta el arma en aquél lugar... Pero sus planes parecían truncarse, de repente se oyeron gritos en la lejanía. Levantó la vista, se colocó la mano como visera y miró a lo lejos. Borrosas siluetas negras se acercaban rápidamente. Oyó cerca órdenes ásperas, y a regañadientes cogió el asta de la alabarda.

Al poco se vió con claridad lo que se les venía encima. Veloces corceles montados por jinetes embozados en tela oscura, éstos esgrimían espadas curvas y lanzas, y gritaban cosas incomprensibles. Se unió a la formación defensiva que realizaba en ese momento su regimiento, poco antes de que los jinetes se chocaran con éste.

Como un sólo hombre todos empuñaron las astas con firmeza presentando a los atacantes las afiladas puntas de sus armas. Consiguieron contener la acometida, la mayoría de los caballos estaban ensartados y comenzaron a encabritarse. A una órden dieron un paso atrás, desembarazaron sus armas y las levantaron sobre sus cabezas. Los filos de las alabardas relucían, con un centelleo bajaron velozmente, Miembros amputados y sangre saltaron por doquier. Vió como en sueños como cercenaba la pata del caballo que se le venía encima. Pero algo cambió, a su alrededor se dio cuenta de que la organización de la fila se desmoronaba, con el rabillo del ojo veía saltar a los jinetes sobre sus compañeros realizando cortes rápidos aquí y allá, ahora era sangre imperial la que estaba siendo furiosamente derramada. Se concentró en lo que tenía delante, el caballo había caído al suelo y manoteaba con la única pata delantera, su jinete trataba de sacar desesperadamente el pie de debajo del animal cuando le miró a los ojos. No dudó, levantó la alabarda y la descargó sobre el cuerpo del jinete. Lo abrió ferozmente por la mitad, podía ver buena parte de sus órganos internos, sentía ganas de vomitar, pero un escozor en el brazo lo hizo desistir, la pelea no había hecho más que comenzar.

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Quedaban ya muy pocos incursores del desierto con vida, habían luchado con fiereza pero él era imperial y no podía sino volver a sentirse orgulloso de la maquinaria que su nación había formado con sus ejércitos, aún allí, a miles de leguas de su tierra no tenían nada que temer... pero no sonreía, miró en derredor, muchos compañeros habían caído, y el resto estaban heridos. Su manchada manga derecha no dejaba de chorrear con el espeso líquido que le daba vida. Apretó los dientes, al menos habían conseguido agua, los jinetes traían abultados odres que pronto aliviarían la sed que todos habían soportado.

Al caer la noche el calor dio paso a un frío intenso, se hicieron hogueras con las astas de las armas de los muertos, no aguantarían toda la noche, pero no importaba, la principal razón era asar los buenos pedazos de caballo que les habían “servido”, era una carne dura y de sabor incierto, pero le sabía a gloria. Cuando se fue a dormir estaba satisfecho, quizá no sobreviviera a esta helada noche, pero no le importaba nada.

Gritos??...sí, parecían gritos, pero eran en sus sueños??...no, era..., abrió los ojos, el sol lo cegó por unos instantes pero ya se había dado cuenta de que algo malo pasaba, podía percibir el miedo en los que estaban a su alrededor, nerviosas órdenes de sargentos lo hicieron finalmente ponerse en pie; había aprendido que si un sargento estaba nerviosos la cosa iba realmente mal. Cuando consiguió ver cerró de nuevo rápidamente los ojos, un escalofrío le recorría la espalda. No podía ser...abrió de nuevo los ojos...sí, si que era, un ejército se cernía sobre el improvisado campamento, un ejército siniestro, filas y más filas de esqueletos blanqueados por el sol los miraban sin ojos.

Tenía una sensación extraña cuando se unió a las alineadas filas de soldados que habían decidido defenderse, hacía calor pero todos estaban helados. Sobre los gritos y rezos de los que le rodeaban no se percibía nada, silencio, un silencio increíble que provenía de aquella tropa de huesos que había delante, su alineación era también perfecta, entre el color blanco destacaban armas doradas y astas completamente negras, escudos descoloridos de un tono amarillento se “sostenían” en el aire, o eso parecía.

Sin una orden los guerreros esqueleto comenzaron a avanzar, la línea imperial se mantuvo sin fisuras, pero no sería por mucho tiempo. Sobre sus cabezas comenzó a formarse una nube oscura, miles de flechas cayeron sobre ellos. Se cubrió como pudo, ahora se daba cuenta de lo importante que sería un escudo, pero ninguna le alcanzó, pasaron de largo. Fueron la tercera y cuarta fila las que se llevaron la peor parte, las expresiones de dolor llenaron el aire. Luego una segunda y una tercera “nube oscura” hicieron mella en el ánimo de todos, a pesar de que la primera línea, donde se encontraba, no había sufrido ni un rasguño, comenzó a deshacerse... estaban perdidos.

Cuando la línea no-muerta llegó hasta sus narices, sólo unos pocos hicieron el gesto de elevar las alabardas para descargar el golpe que todos habían estudiado tan bien. Era inútil, varios esqueletos cayeron destrozados pero el resto los rodearon, las alabardas no servían de nada sin espacio, y menos sin apoyo de toda la unidad. Se sentía aterrado daba secos golpes con su alabarda allí donde podía, pero no aguantaría más. Cogió el arma y la partió en dos, la parte del filo le serviría como un hacha; así consiguió mayor velocidad de movimiento, y eso era suficiente, los esqueletos eran lentos, y se entorpecían unos a otros, perdía la cuenta de los huesos que caían destrozados tras sus golpes, pero se estaba cansando, el sudor le empapaba por completo, recibió al menos dos tajos profundos en su cuerpo, el dolor y la frustración le hicieron gritar; una mirada a izquierda y derecha le dio la certeza de que estaba solo, sus compañeros habían caído, pero él seguiría luchando...

Hacía un calor asfixiante, su boca estaba llena de arena... pero ya no le importaba, cómo le iba a importar eso a un muerto??.

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