viernes, 1 de abril de 2016

Limoncillo trenzado (Relato corto)

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LIMONCILLO TRENZADO 

La canastilla vagó sin rumbo por las venas del campo hasta desampararse a orillas de una ciudad. La colaron bajo un puente, entre las apolilladas mantas alimento del tiempo y una lata de habas espartanas que menguaban día a día ante las incontables huestes del hambre. Los que se apretaban alrededor del bidón en llamas le cogieron cariño pronto. Era un canasto inocente, trenzado por manos callosas y remiendos pintados de negro, contenía el limón reseco de sus creadores, el moho de su cuna en tierra perdida y miel de un ancestro que mucho le quiso. Limoncillo dulce se dio en llamar. Tenía en la cara un campo de mieses, mecido por el viento, una de aquellas cosas que tranquilizan de tanto verlo.

De chico lo descubrieron, gente de autoridad, de hacer primero y luego preguntar. Le pusieron candado a su vida ligera, anclas a sus alas de cielo abierto y más de un morado en un campo que lo retuvo prisionero. Poco recordaría de todo aquello, batallas de sol a sol por destacar en lo dulce, por no porfiar como el resto. Cuando el tiempo lo soltó vagó un trecho sin guía, su norte le era tan esquivo que a punto estuvo de conocer barrotes de buen acero. Más en su camino tropezó con gente noble, almas sin descendencia deseosas de enseñar el valor de luchar por permancer bondadoso.

Fue asi que la vida le dio ojos mansos y el corazón de una sandía que nunca defrauda al golpe, y todos los que lo conocían dejaban vagar su pena en aquella urdimbre inocente que solo quería ayudar. Atesoraba así tristezas ajenas y batallaba por cada pizca de alegría que se le ponía por delante. Para ganarse el pan recubrió de metal su espalda, encurtió su piel de mimbre y plantó de rocas sus manos, de modo que pasó a ser el ejemplo de aquel que no se cansa de dar palmaditas en la espalda mientras aprieta con su poder el cinturón del de más abajo. Con un cuarto de vida pasada, la canastilla contenía ahora el ácido y el dulce añejos, multitud de endivias amargas, pepinos y cebollas, y unas cuantas piedras lanzadas con brazo dañino. Le faltaba algo picante, algo que le calentara el vientre y le aligerara el alma.

Conoció a su rabanita un día que fue a ver el naranja de un ocaso a la orilla de un camino perdido. Era ella una raíz fuerte, con regustillo dulce y corazón chispeante. Prendido de sus ojos tenía un par de luceros, de los que iluminan la noche del menos valiente, de los que el marino venturoso da como bueno el rumbo en noche de desatada tormenta. ¿Por qué no estar juntos si tanto te lo mereces? Al limoncillo le costó toda una incierta primavera aceptar que aquella luz que lo cegaba sería para siempre. Más, una vez convencido el canasto se aligeró de piedras, cebollas y pepinos, pasando a ocupar aquel espacio una rabanita de un rosa jubiloso que le daba a las endivias pellizcos y codazos. No hagas caso de esto, olvida todo aquello, haz sitio a lo que llega. Ahora no somos dos, ahora solo nos vale aquello que ambos queremos.

La flor del limoncillo dio en nacer en tiempo de frío y nieve, llevándose consigo la vida de la que la llevó en el vientre, haciendo que en el canasto se abriera un agujero de incertidumbre y miedo. Más era aquella una flor de raíz fuerte y semilla dulce, no estaba pues escrito que marchitara a pesar de las heladas y nuestro limoncillo se restañó las humedades y apretó los dientes, agarrando para sí el poder de padre y madre. La llamó Blanca porque la quiso con un amor puro, todo aquello que su rabanita le había encendido pasó ahora a manecillas que antes de aparecerse en el mundo ya se habían ganado. Las noches las absorbió todas, agarrado a cuna modesta, siempre con un ojo abierto, alerta sobre la pequeña razón de su pecho. De dificultades encontró a manos llenas, pero el limoncillo se había ganado más de un puñado de adeptos; cuentan que su Blanquilla tenía tantos hogares diurnos que solo repetía abrazos de estación en estación.

Llegó el momento en que padre e hija debían de separarse, cosas del pasar del tiempo. Quedó nuestro canasto medio vacío de pena, pero orgulloso de ver como su florecilla crecía buscando su lugar entre las amapolas. Camino de soledad de nuevo, sin querer buscar remiendo para el agujero del fondo, pues ya había vivido con quien mucho había querido. Ahora se dio en buscarse a sí mismo, perderse por vericuetos de vida, solo contemplar como su rostro cambiaba mientras su corazón permanece. En tiempos de buenaventura su florecilla le ofrece oxígeno, tiempo intenso pero excaso, más ya no le duele, su Blanca se ha encontrado a sí misma, tiene sus florecillas propias y alguien que la sostenga.

El canastillo cayó mustio una noche de verano. Le dio en salir a sus ojos su rabanita perdida y ya entonces supo que aquella noche sería la última de una vida y la primera de una dicha eterna. Se le pintó en la cara una sonrisa mientras se ultimaba en el lecho, y al día siguiente su gente solo supo de su ausencia porque el color del estío había perdido contorno.





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